miércoles, 11 de julio de 2012

El alfa y la omega


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El estudio del pasado, nos hace entender el presente; el origen de las especies nos permite analizar la evolución de las mismas; para sicoanalizar a una persona adulta, nos retrotraemos a su infancia; la vida es una rueda, donde el principio y el final acaban uniéndose. Así pues, conociendo el principio de las cosas, podemos predecir su final. Y si aplicamos este principio a las lenguas y al aprendizaje de las mismas, nos topamos con ese maravilloso arte que es la “etimología”.

Noche helada. El viento ejecuta con maestría un concierto siniestro, para flauta, claro. Una legión de olivos aguardan en posición de firmes. La única luz que ayuda a Juanito y a sus amigos a viajar por el camino a Toledo se la ofrece como limosna la Luna. De repente, un ruido rivaliza con el viento. ¡Un grito! ¡Socorro, me matan! ¡Que llamen a la Santa Hermandad! Los jóvenes deciden buscar ayuda. Juanito, se queda junto a la víctima, la coge en sus brazos y soporta, durante horas, la agonía de la moribunda. A lo lejos Juanito observa cómo una pareja de hombres armados se acerca. Chaleco de piel, faldones cortos, camisa verde, con mangas verdes… No hay duda: la Santa Hermandad.


Campamento militar, Soria, veinte cero cinco. El sargento irrumpe en el barracón, impregnándolo con su hedor sobacuno. Dice un nombre. Nadie se mueve. Grita el nombre. Todos bajan la cabeza. Ruge el nombre. Todos cierran los ojos. Amenaza al grupo. Pepe da un paso adelante. La bronca es antológica. Cuando acaba, siglos después, Pepe avanza con paso mecanizado, sale al patio y se coloca junto a la porra, justo en el centro del campamento. Allí la observa, como si fuera la caja de Pandora, consciente del riesgo de dejar de hacerlo. Cinco horas después, Pepe vuelve a su letrina, digo, a su litera.


Pues sí, son los orígenes de estas dos expresiones. Y es que, para llegar a la omega, hay que empezar por el alfa.

lunes, 9 de julio de 2012

La delgada línea...rojigualda


¡Qué difícil es encontrar el término medio en la vida! Y más aún, si textos tan insignes como “La Divina Comedia” o “La Biblia” condenan de manera implacable a los tibios o indolentes.

Siempre he pensado que los extremos son peligrosos, pero fundamentales para que exista equilibrio en todo lo que nos rodea. Para que ese equilibrio funcione, es necesario balancearnos hacia uno u otro extremo, pero sin permanecer en ellos.

¿Qué tiene que ver esta “filosofada” con la enseñanza del español? Mucho. Hace unos días, conversando con unos colegas de profesión, acerca de cómo gestionar algunos problemas con los alumnos, surgió este debate. La situación es la siguiente: tenemos una persona que quiere aprender español, sin mayor motivación que la de una afición al idioma. Este alumno, se vuelve pasivo, ignora nuestras recomendaciones e influye negativamente en el resto del grupo.

Para unos compañeros la solución es hablar con él y hacerle entender que lo mejor para todos es que deje la academia, pues corremos el riesgo de perder un grupo completo, por solo un estudiante. Otros, en cambio, sostenían que esa solución podría desencadenar una publicidad negativa para el centro, promovida por el “desterrado alumno”.

Desde mi punto de vista, la mejor propuesta fue una tercera (casualmente el término medio). Esta consistía en conversar con el interesado e intentar convencerle de que lo óptimo era un cambio de grupo o de nivel.

Vistas las tres posibilidades, yo me pregunto, ¿de verdad existen esos jefes de estudio, directores de academia o mandamases, en general, que se paran a pensar en el bien del alumno, en detrimento del beneficio pecuniario? “Haberlos haylos” o ha de haberlos, pero yo no me los he encontrado.

¿Nos decantamos por el bien del alumno? ¿Mejor por el beneficio para el negocio? ¿Alumno o cliente? Supongo que la respuesta es “clientumno” (el término medio). Pero, ¿dónde situamos esa delgada línea…rojigualda?

jueves, 5 de julio de 2012

Ichbindu

Alberto Ruiz se levantó una mañana, se mudó de ropa, de casa y hasta de país. No huía de nadie, sino de sí mismo, es decir, de nadie. Alberto enseñaba su lengua nativa en su país nativo y se cansó de enseñar aquello que los nativos decían que ya sabían. Necesitaba encontrar libros en blanco que rellenar y no hojas con borrones imposibles de borrar.

Aterrizó en el aeropuerto Neuesleben en Träume, un día tal como hoy. Un mes más tarde su primer alumno estaba sentado frente a él, puntual. Su cara era glacial. ¿La de Alberto? No, la de Ichbindu. Alberto era fuego, nervio y genio. Su pupilo no era, simplemente. Se limitaba a copiar todas las palabras que Alberto dejaba libres, para enjaularlas tras los barrotes de sus hojas; se conformaba con imitar los sonidos que Alberto improvisaba, cual concierto de Jazz, para clasificarlos en la monotonía de su pentagrama mental.

Después de seis meses de frustrante monotonía, Ichbindu entró en clase, se sentó enfrente de su profesor y esperó. Alberto esperó. Pero tras la espera, Ichbindu no sacó su libreta. De repente, comenzó a hablar. Alberto nunca había escuchado un uso más perfecto de su lengua. Su alumno utilizó un vocabulario técnico, cuidadosamente seleccionado, cuando habló de su trabajo (Ichbindu era ingeniero); empleó expresiones coloquiales cuando la conversación derivó hacia el partido del fin de semana; incluso, ornamentó su discurso con dialectalismos propios de Andalucía, cuando le explicó a Alberto que había aprendido a bailar flamenco.

Alberto era una batidora de sentimientos. Por una parte, sentía un gran orgullo, pues su alumno había alcanzado la maestría. Pero por otra, sintió un vacío en su interior. ¿Qué haría ahora que Ichbindu ya no le necesitaba? ¿Habría de volver a su país natal, con los nativos que creían conocer todo acerca de su lengua nativa?

Alberto decidió aprender el idioma de Ichbindu. Buscó anuncios de profesores y se decantó por uno. Se plantó enfrente de su nuevo maestro  y sacó una libreta de rayas.

Transcurridos seis meses, Alberto se dio cuenta de que el sistema de Ichbindu, no era efectivo con él. Apenas había mejorado algo su vocabulario pero sus conocimientos gramaticales eran puro caos. Decidió dejarlo.

Al día siguiente llamó a España. Era la primera vez en seis meses que utilizaba su lengua nativa con un hablante nativo. Las palabras se quedaron atrapadas entre su cerebro y sus cuerdas vocales. No recordaba las estructuras más básicas de su lengua nativa y el nativo al otro lado del teléfono colgó.

Alberto no daba crédito. Cogió lápiz y papel e intentó escribir una frase sencilla. El verbo parecía bailar un vals con un pronombre, alrededor de artículos, adjetivos y adverbios, pero ninguno seguía el compás. A este problema afásico se le unió otro conductual: Alberto se había convertido en hielo, abulia y hastío.

Al fin, después de mucho esfuerzo, se decidió: iba a buscar a un profesor de español. Le costó semanas, porque en Träume escaseaban. Tanto era así, que solamente encontró a uno. Quedaron en una fecha y en una hora. El profesor llegó tarde. Alberto lo miró con detenimiento. Aquella persona era fuego, nervio y genio. Alberto sólo pudo articular una palabra: Ichbindu.