jueves, 5 de julio de 2012

Ichbindu

Alberto Ruiz se levantó una mañana, se mudó de ropa, de casa y hasta de país. No huía de nadie, sino de sí mismo, es decir, de nadie. Alberto enseñaba su lengua nativa en su país nativo y se cansó de enseñar aquello que los nativos decían que ya sabían. Necesitaba encontrar libros en blanco que rellenar y no hojas con borrones imposibles de borrar.

Aterrizó en el aeropuerto Neuesleben en Träume, un día tal como hoy. Un mes más tarde su primer alumno estaba sentado frente a él, puntual. Su cara era glacial. ¿La de Alberto? No, la de Ichbindu. Alberto era fuego, nervio y genio. Su pupilo no era, simplemente. Se limitaba a copiar todas las palabras que Alberto dejaba libres, para enjaularlas tras los barrotes de sus hojas; se conformaba con imitar los sonidos que Alberto improvisaba, cual concierto de Jazz, para clasificarlos en la monotonía de su pentagrama mental.

Después de seis meses de frustrante monotonía, Ichbindu entró en clase, se sentó enfrente de su profesor y esperó. Alberto esperó. Pero tras la espera, Ichbindu no sacó su libreta. De repente, comenzó a hablar. Alberto nunca había escuchado un uso más perfecto de su lengua. Su alumno utilizó un vocabulario técnico, cuidadosamente seleccionado, cuando habló de su trabajo (Ichbindu era ingeniero); empleó expresiones coloquiales cuando la conversación derivó hacia el partido del fin de semana; incluso, ornamentó su discurso con dialectalismos propios de Andalucía, cuando le explicó a Alberto que había aprendido a bailar flamenco.

Alberto era una batidora de sentimientos. Por una parte, sentía un gran orgullo, pues su alumno había alcanzado la maestría. Pero por otra, sintió un vacío en su interior. ¿Qué haría ahora que Ichbindu ya no le necesitaba? ¿Habría de volver a su país natal, con los nativos que creían conocer todo acerca de su lengua nativa?

Alberto decidió aprender el idioma de Ichbindu. Buscó anuncios de profesores y se decantó por uno. Se plantó enfrente de su nuevo maestro  y sacó una libreta de rayas.

Transcurridos seis meses, Alberto se dio cuenta de que el sistema de Ichbindu, no era efectivo con él. Apenas había mejorado algo su vocabulario pero sus conocimientos gramaticales eran puro caos. Decidió dejarlo.

Al día siguiente llamó a España. Era la primera vez en seis meses que utilizaba su lengua nativa con un hablante nativo. Las palabras se quedaron atrapadas entre su cerebro y sus cuerdas vocales. No recordaba las estructuras más básicas de su lengua nativa y el nativo al otro lado del teléfono colgó.

Alberto no daba crédito. Cogió lápiz y papel e intentó escribir una frase sencilla. El verbo parecía bailar un vals con un pronombre, alrededor de artículos, adjetivos y adverbios, pero ninguno seguía el compás. A este problema afásico se le unió otro conductual: Alberto se había convertido en hielo, abulia y hastío.

Al fin, después de mucho esfuerzo, se decidió: iba a buscar a un profesor de español. Le costó semanas, porque en Träume escaseaban. Tanto era así, que solamente encontró a uno. Quedaron en una fecha y en una hora. El profesor llegó tarde. Alberto lo miró con detenimiento. Aquella persona era fuego, nervio y genio. Alberto sólo pudo articular una palabra: Ichbindu.

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