Alberto
Ruiz se levantó una mañana, se mudó de ropa, de casa y hasta de país. No huía
de nadie, sino de sí mismo, es decir, de nadie. Alberto enseñaba su lengua
nativa en su país nativo y se cansó de enseñar aquello que los nativos decían
que ya sabían. Necesitaba encontrar libros en blanco que rellenar y no hojas
con borrones imposibles de borrar.
Aterrizó
en el aeropuerto Neuesleben en Träume, un día tal como hoy. Un mes más tarde su
primer alumno estaba sentado frente a él, puntual. Su cara era glacial. ¿La de
Alberto? No, la de Ichbindu. Alberto era fuego, nervio y genio. Su pupilo no
era, simplemente. Se limitaba a copiar todas las palabras que Alberto dejaba
libres, para enjaularlas tras los barrotes de sus hojas; se conformaba con
imitar los sonidos que Alberto improvisaba, cual concierto de Jazz, para
clasificarlos en la monotonía de su pentagrama mental.
Después
de seis meses de frustrante monotonía, Ichbindu entró en clase, se sentó
enfrente de su profesor y esperó. Alberto esperó. Pero tras la espera, Ichbindu
no sacó su libreta. De repente, comenzó a hablar. Alberto nunca había escuchado
un uso más perfecto de su lengua. Su alumno utilizó un vocabulario técnico,
cuidadosamente seleccionado, cuando habló de su trabajo (Ichbindu era
ingeniero); empleó expresiones coloquiales cuando la conversación derivó hacia el
partido del fin de semana; incluso, ornamentó su discurso con dialectalismos
propios de Andalucía, cuando le explicó a Alberto que había aprendido a bailar
flamenco.
Alberto
era una batidora de sentimientos. Por una parte, sentía un gran orgullo, pues
su alumno había alcanzado la maestría. Pero por otra, sintió un vacío en su
interior. ¿Qué haría ahora que Ichbindu ya no le necesitaba? ¿Habría de volver
a su país natal, con los nativos que creían conocer todo acerca de su lengua
nativa?
Alberto
decidió aprender el idioma de Ichbindu. Buscó anuncios de profesores y se
decantó por uno. Se plantó enfrente de su nuevo maestro y sacó una libreta de rayas.
Transcurridos
seis meses, Alberto se dio cuenta de que el sistema de Ichbindu, no era efectivo
con él. Apenas había mejorado algo su vocabulario pero sus conocimientos
gramaticales eran puro caos. Decidió dejarlo.
Al día
siguiente llamó a España. Era la primera vez en seis meses que utilizaba su
lengua nativa con un hablante nativo. Las palabras se quedaron atrapadas entre
su cerebro y sus cuerdas vocales. No recordaba las estructuras más básicas de
su lengua nativa y el nativo al otro lado del teléfono colgó.
Alberto
no daba crédito. Cogió lápiz y papel e intentó escribir una frase sencilla. El
verbo parecía bailar un vals con un pronombre, alrededor de artículos,
adjetivos y adverbios, pero ninguno seguía el compás. A este problema afásico
se le unió otro conductual: Alberto se había convertido en hielo, abulia y
hastío.
Al fin,
después de mucho esfuerzo, se decidió: iba a buscar a un profesor de español.
Le costó semanas, porque en Träume escaseaban. Tanto era así, que solamente
encontró a uno. Quedaron en una fecha y en una hora. El profesor llegó tarde.
Alberto lo miró con detenimiento. Aquella persona era fuego, nervio y genio.
Alberto sólo pudo articular una palabra: Ichbindu.
No hay comentarios:
Publicar un comentario