¡Qué
difícil es encontrar el término medio en la vida! Y más aún, si textos tan
insignes como “La Divina Comedia”
o “La Biblia”
condenan de manera implacable a los tibios o indolentes.
Siempre
he pensado que los extremos son peligrosos, pero fundamentales para que exista
equilibrio en todo lo que nos rodea. Para que ese equilibrio funcione, es
necesario balancearnos hacia uno u otro extremo, pero sin permanecer en ellos.
¿Qué
tiene que ver esta “filosofada” con la enseñanza del español? Mucho. Hace unos
días, conversando con unos colegas de profesión, acerca de cómo gestionar
algunos problemas con los alumnos, surgió este debate. La situación es la
siguiente: tenemos una persona que quiere aprender español, sin mayor motivación
que la de una afición al idioma. Este alumno, se vuelve pasivo, ignora nuestras
recomendaciones e influye negativamente en el resto del grupo.
Para
unos compañeros la solución es hablar con él y hacerle entender que lo mejor
para todos es que deje la academia, pues corremos el riesgo de perder un
grupo completo, por solo un estudiante. Otros, en cambio, sostenían que esa
solución podría desencadenar una publicidad negativa para el centro, promovida
por el “desterrado alumno”.
Desde
mi punto de vista, la mejor propuesta fue una tercera (casualmente el término
medio). Esta consistía en conversar con el interesado e intentar convencerle de que
lo óptimo era un cambio de grupo o de nivel.
Vistas
las tres posibilidades, yo me pregunto, ¿de verdad existen esos jefes de
estudio, directores de academia o mandamases, en general, que se paran a
pensar en el bien del alumno, en detrimento del beneficio pecuniario? “Haberlos
haylos” o ha de haberlos, pero yo no me los he encontrado.
¿Nos
decantamos por el bien del alumno? ¿Mejor por el beneficio para el negocio? ¿Alumno
o cliente? Supongo que la respuesta es “clientumno” (el término medio). Pero, ¿dónde
situamos esa delgada línea…rojigualda?
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