lunes, 9 de julio de 2012

La delgada línea...rojigualda


¡Qué difícil es encontrar el término medio en la vida! Y más aún, si textos tan insignes como “La Divina Comedia” o “La Biblia” condenan de manera implacable a los tibios o indolentes.

Siempre he pensado que los extremos son peligrosos, pero fundamentales para que exista equilibrio en todo lo que nos rodea. Para que ese equilibrio funcione, es necesario balancearnos hacia uno u otro extremo, pero sin permanecer en ellos.

¿Qué tiene que ver esta “filosofada” con la enseñanza del español? Mucho. Hace unos días, conversando con unos colegas de profesión, acerca de cómo gestionar algunos problemas con los alumnos, surgió este debate. La situación es la siguiente: tenemos una persona que quiere aprender español, sin mayor motivación que la de una afición al idioma. Este alumno, se vuelve pasivo, ignora nuestras recomendaciones e influye negativamente en el resto del grupo.

Para unos compañeros la solución es hablar con él y hacerle entender que lo mejor para todos es que deje la academia, pues corremos el riesgo de perder un grupo completo, por solo un estudiante. Otros, en cambio, sostenían que esa solución podría desencadenar una publicidad negativa para el centro, promovida por el “desterrado alumno”.

Desde mi punto de vista, la mejor propuesta fue una tercera (casualmente el término medio). Esta consistía en conversar con el interesado e intentar convencerle de que lo óptimo era un cambio de grupo o de nivel.

Vistas las tres posibilidades, yo me pregunto, ¿de verdad existen esos jefes de estudio, directores de academia o mandamases, en general, que se paran a pensar en el bien del alumno, en detrimento del beneficio pecuniario? “Haberlos haylos” o ha de haberlos, pero yo no me los he encontrado.

¿Nos decantamos por el bien del alumno? ¿Mejor por el beneficio para el negocio? ¿Alumno o cliente? Supongo que la respuesta es “clientumno” (el término medio). Pero, ¿dónde situamos esa delgada línea…rojigualda?

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